Monthly Archives: septiembre 2014

Unas palabras sobre “Galveston” de Nic Pizzolatto

Unas palabras sobre Galveston

Por Sebastián Lidijover

Me gusta pensar en el género policial como un laberinto.
En el policial clásico tenemos un crimen, alguien que busca resolverlo y las mil vueltas que dará hasta lograrlo. Un caos de sospechas y traiciones en donde la única forma de salir es sujetarse a un hilo de Ariadna hecho de deducciones.
Leer un policial es avanzar hasta encontrar una salida.

Y después tenemos al policial negro. Donde ya no se trata tanto de salir del laberinto como de adentrarse. Sí, también habrá un crimen y los muros de la salida estarán construidos con la forma de su resolución, pero lo que se busca es otra cosa. Leer un policial negro es caminar hacia el centro del laberinto, un lugar oscuro en donde podemos encontrarnos con que el Minotauro que tanto perseguíamos éramos nosotros mismos.

Reencuentro con Alice Munro

Alice Munro

Foto: Chad Hipolito / The Canadian Press

Por Fernando Fagnani

“Cansados de las verdades elogiamos de nuevo los jardines”

Nicolas Born

Tres o cuatro años atrás empecé a escuchar el nombre: Alice Munro. Los adjetivos que se usaban para compararla, el tono y un cierto aire de asombro en algunas reseñas parecían dirigirse directamente a mí. Sin embargo, evitaba leerla. Tenía la intuición vaga, que no dejaba que terminara de asentarse, de que en esa obra me esperaba algo y que todavía no era la hora. A veces una lectura está a merced de sospechas incomprensibles.

Hasta que una tarde, hastiado de resistirme, compré La vista desde Castle Rock. No son exactamente cuentos, sino relatos armados a partir de las historias de los ancestros escoceses de Munro. La contratapa subrayaba exageradamente ese desvío: instaba al lector a que creyera que no eran menos sino más que cuentos, una especia de encuentro fascinante entre memoria, ficción, historia y vida. Un sortilegio.

Unas palabras sobre “El azul de las abejas” de Laura Alcoba

Unas palabras sobre Alcoba

Por Sebastián Lidijover

Tengo mi ejemplar de El azul de las abejas a un costado del teclado. Estuve releyéndolo antes de sentarme a escribir algo sobre la novela.
La protagonista, la narradora, es esta niña de La casa de los conejos que debe, finalmente, unirse en el exilio a su madre en París y dejar en La Plata a su padre preso por la dictadura.

Mientras leemos vemos el mundo desde la mirada de alguien de ocho años. Luego de nueve. Luego de diez. Un mundo en donde el idioma, la lengua francesa, es sonido, pero también es parte del cuerpo, es distancia, es un lugar al que llegar. En donde el español es el vínculo que la une con ese padre al que le escribe rigurosamente una carta por semana.
No entiendo cómo hizo para lograr que esa voz sea tan real, tan dulce, tan de una nena que descubre un nuevo mundo mientras descubre el exilio.

Interrumpiendo lectores

 

Montañas interrumpido

¿De qué se trata esta sección llamada Interrumpiendo lectores?
Básicamente de eso, de interrumpir a los lectores que encontramos leyendo en el subte, en el colectivo, en un café o una plaza. Les damos unos golpecitos en el hombro y entonces: “Perdoná que te interrumpa ¿te puedo hacer unas preguntas?”

Lectora: Romina
Lugar: Subte B
Estaba leyendo: Y las montañas hablaron de Khaled Hosseini

¿Cómo llegó al libro?
Lo vio en una lista de los más leídos. No conocía al autor.

¿Dónde compró el libro?
En una de las sucursales de El Ateneo de la calle Florida.

¿Qué leyó antes?
“Travesuras de la niña mala” de Mario Vargas Llosa.

Unas palabras sobre “Nos vemos allá arriba” de Pierre Lemaitre

Unas palabras sobre Lemaitre

Por Sebastián Lidijover

Nos vemos allá arriba es una novela sobre la guerra.
Nos vemos allá arriba es una novela sobre lo absurdo de la guerra.
Nos vemos allá arriba es una novela sobre las consecuencias absurdas de la guerra.

Cualquiera de las tres frases es válida, pero prefiero empezar diciendo que Nos vemos allá arriba es una novela sobre Albert y Édouard.
Escribo sus nombres con cierta complicidad, como si solo se hubiera impreso un ejemplar del libro y ellos fueran efectivamente mis amigos. La idea de que esa amistad se multiplique en miles de lectores me da un poco de vértigo.
Un poco de celos también.
Hasta recién, hasta que me senté a escribir sobre el libro, la existencia de ellos era algo íntimo que me pertenecía y de la que, en cierta forma, yo era responsable. Sí, Lemaitre había escrito el libro; pero solo había hecho eso. En cambio, yo los leía.

Supongo que este razonamiento desproporcionado solo se da con los buenos libros.

Si pudiera, me gustaría presentárselos contándoles cosas que no suceden ni remotamente en la novela. Decirles que Albert es un excelente narrador de anécdotas y que cuando uno va a tomar algo a un bar con él es imposible que no sea el centro de todas las miradas; en vez de decir que pareciera que nunca ha dejado de temblar y de sentir esa opresión en el pecho, como si todavía estuviera en ese hoyo, asfixiándose, enterrado vivo. Y de Édouard me gustaría contarles la sonrisa que esboza cada vez que entra a su casa; en vez de contarles cómo miraba al cielo, luego de salvar a Albert, y del trozo de metralla que volaba a toda velocidad hacia su cara.

Pero todavía me falta un personaje. El más siniestro. El teniente Pradelle (no voy a llamarte d’Aulnay-Pradelle, si no Pradelle, así a secas, porque sé que te molesta, que te hace sentir menos aristócrata). Pensé en ni siquiera darle el gusto de nombrarlo. Pero la verdad es que la novela funciona gracias a él. Al odio que suscita. A lo asqueroso de su persona, aún siendo un seductor nato.

Nos vemos allá arriba es una novela sobre la guerra. Pero por sobre todas las cosas, es una novela sobre los que hacen la guerra.