Abisinia

Un anticipo de Abisinia, la novela de Vlady Kociancich que publicamos este mes.

9

Maquetación 1No te equivoques, posteridad, en tu juicio de Irene. Yo lo hice y el error ha convertido mis noches en un pantano de tristeza y de culpa. Durante mucho tiempo confundí su moral con el estricto acatamiento a las leyes de la única religión que una muchacha educada en provincias y bajo la autoridad de una vieja podía conocer. Hasta que un día de mi convalecencia, Piquet dijo:
—Su prima tiene un gran sentido estético.
Iba a reírme abiertamente cuando la seriedad en la cara de aquel amigo tan poco afecto a las bromas me contuvo.
—¿Usted cree?
—De modo que cierto artista no lo ha percibido todavía —ironizó—. Irene ha puesto su alma en la casa, Durand. Y en el alma de esta joven hay un profundo amor por la belleza. Me asombra que no vea los cambios.
—¿Cambios?
Cegado por mi egoísmo, aplicado a ocultar mi desdicha, no había visto otros cambios que los hechos en mi taller, en mi silla de ruedas. Por otra parte, si existía una transformación en la casa, era tan difusa y sutil que pedía ojos fríos y expertos —los ojos de un marchand—para salir a la superficie.
En un primer momento, ante la vista de los mismos muebles y los mismos objetos en la sala, creí que Piquet se había vuelto loco. Luego, guiado por Piquet, empecé a internarme en la forma nueva de ese antiguo cuarto. Debí admitir la diferencia. En una pared, antes desnuda, había ahora un cuadro; en otra, un tapiz que perteneció a mi madre
y que lo recordaba colgado en la habitación tanto tiempo cerrada donde después murió mi tía. Brillos de plata y bronce cortaban la áspera oscuridad de la madera española y donde solía ver ramos desprolijos de verbena o retama, había ahora un vaso de cristal con una sola rosa.
—Observe la línea perfecta de esa flor —decía Piquet—, el cuello angosto y la curva del vaso que la sostiene. Verá que trazan un dibujo notable en la pared. El contraste que ofrece el fondo blanco con el rojo en la rosa, expresa un equilibrio que… Pero usted no me escucha, Durand.
—¿Cómo? Ah, sí, lo escucho. Por favor, continúe. Estoy atento.
Pero pensaba en otra cosa. Mi distracción impacientó a Piquet.
—He notado la frialdad con que usted trata a esa muchacha y no es de mi incumbencia preguntarle por qué. Pero imagino que su desapego, sea cual fuere el motivo, no pondrá en tela de juicio mi opinión. ¿O sí?
La inesperada pedantería de Piquet me enojó.
—No sé nada de estética, mi querido marchand. Yo solamente pinto.
—Usted es un artista y esa declaración, Durand, nada más que jactancia.
—En todo caso —repliqué acalorándome—, no me conmueve la fruslería decorativa que usted llama impertinentemente belleza. La única estética valedera es la que sigue el movimiento de la vida. La estética que le quiere imponer reglas y cánones es peor que una estupidez. Es un crimen.

No sé en qué tono habríamos continuado la discusión si Irene no hubiera aparecido en ese instante. Piquet se levantó del sillón como un resorte.
—Oh, no se moleste, señor. He olvidado mi labor aquí. Sí, ahí está.
Miré la cara de Piquet y luego a Irene. Ella recogió el bastidor y una canastita con hilos, se volvió a mí, encontró mis ojos observándola.
—¿Quiere que le prepare una taza de café, primo?
—Gracias, querida, no. Miraba tu vestido. Es muy hermoso. Qué bien te sienta el blanco.
Irene inclinó la cabeza, murmuró un saludo, salió de la sala con paso leve y rápido.
Sonreí a Piquet.
—Empiezo a comprender algo de su estética.
El rostro maduro y anguloso, con su digno bigote gris y sus patillas bien cortadas, enrojeció violentamente.
—Es inútil hablar en serio con un bromista incorregible.
—Nunca me he sentido tan serio. Dije que comprendía.
—Escuche, Durand —insistió, atusando nerviosamente las puntas del bigote—. La misma joven es la prueba de mis argumentos. ¿Acaso usted no alabó su vestido? ¿No ha declarado que es hermoso?
—Piquet… —suspiré.
—No me interrumpa. Hay arte en la vida aunque usted lo niegue. Hay arte incluso en un sencillo vestido
blanco. ¿O cree que esa tela y ese diseño son obra de la modista y del azar? Se equivoca. Irene lo ha pensado.
La elección del material, las líneas puras, le pertenecen. Y hasta en la sencillez hay una gran deliberación. ¡Sencillez!
Usted no ignora el refininamiento que exige la sencillez. Ha visto el broche que lleva en la cintura…
—No lo he visto —reí.
Tampoco había visto otras cosas que Piquet, exaltado, desesperándose, enumeraba con falsa objetividad, como
si se empeñase en venderme los cuadros de un pintor desconocido y talentoso. Porque yo recordaba a Irene vestida de negro y de algodón, no de blanco y de seda. El enamoramiento de Piquet me causó tanta gracia
que no pude evitar otra broma.
—Jamás he logrado distinguir una mujer de otra. ¿Cómo pretende que distinga entre sus vestidos?
Pero cuando el pobre Piquet se retiró, hice llamar a Irene. Con una perversidad que ahora me estremece,
le dije:
—Hoy no he oído más que elogios de tu persona. Quiero añadir los míos. Estás muy bella, Irene, y has embellecido mi casa.
—Usted no necesita elogiarme.
—Por el contrario. ¿A que privarte de otro aplauso si es merecido? Piquet dice que has puesto tu alma en
la casa. Tiene razón.
—Gracias, primo.
—No. Yo soy quien debe agradecerte. Pero Irene, también es importante que sepas que soy un hombre de
costumbres.
—Comprendo —susurró, los ojos bajos, las manos juntas, muy quieta.
—De modo que aunque me conmueve tu intención de mejorar mi humilde residencia, preferiría que
dejaras las cosas en su sitio. Más bien, primita, que las volvieras a su sitio.
Vi uno o dos segundos de color en el rostro muy pálido. No sé si deseaba castigarla por esos cambios que
me importaban tan poco; si quería experimentar en su inalterable sumisión, si necesitaba satisfacer mi curiosidad
sobre el propio cambio en su persona y los medios con que lo había logrado. No sé si no quería vengarme
de Piquet. Sé que esperaba algún tipo de resistencia. Una vez más, Irene me sorprendió.
—Como usted quiera, primo —dijo simplemente.
Pero no se fue.
—Voy a acomodarle esos almohadones —sonrió con dulzura—. Ah, sus amigos no lo cuidan bien. Le
dolerá la espalda.

Inclinándose sobre mí, pasando los brazos alrededor de mi cuello, acercándose tanto que mi cara casi rozó su pecho, demorándose en arreglar los almohadones, una mano apoyada en mi nuca, me encerró en un perfume de violetas y de piel limpia y joven. Hacía meses, años, siglos, que no me tocaba una mujer. Cerré los ojos y la dejé marcharse sin decirle una sola palabra.

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