Aquí me pongo a bailar al compás de la vigüela

Por Germán Maggiori*

Subrayo en la página 67: “Los aspirantes al rubro malambo mayor –y los campeones de los años anteriores- se apegan a un código que obedece al viejo lema que manda que no sólo es importante ser sino parecer. Así, cualquier aspirante –o cualquier campeón- acerca de quien circulen rumores relacionados con la bebida, la juerga o, incluso, hábitos descuidados de vestimenta e higiene, recibirá un daño permanente en su prestigio.”

Y más adelante, hacia el final de la página, subrayo: “Tienen veintiuno, veintidós, veintitrés años. Aspiran a tener, sobre el escenario, pero también debajo, los atributos que se suponen atributos gauchos –austeridad, coraje, altivez, sinceridad, franqueza- y ser rudos y fuertes para enfrentar los golpes. Que siempre son, como ya fueron, muchos”.

Estos párrafos pertenecen a Una historia sencilla de Leila Guerriero. El libro narra la odisea de Rodolfo González Alcántara; al revés de lo que sugiere el título, nada es sencillo en la vida de Alcántara, ni en la de sus compañeros de ruta. La historia es sencilla por una única razón, por la inmediata empatía que despiertan en la mente los relatos primordiales -las historias madres- cuando están formidablemente contados: un hombre, un sueño, y el camino que los separa. El sueño de Alcántara es alzarse con el título de campeón en el Festival Nacional de Malambo de Laborde, Córdoba; el máximo galardón al que puede aspirar un malambista (el término es perfecto porque uno asocia el acto de bailar un malambo con una disciplina del atletismo como el maratón, y lo que revela la crónica es que el entrenamiento al que deben someterse los aspirantes tiene el mismo grado de exigencia física). Paradójicamente, alzarse con el trofeo es llegar al cielo y en el mismo acto ser deportado al limbo. Los campeones de Laborde sellan un pacto tácito por el que una vez ungidos, tras haber bailado el mejor malambo de sus vidas ante un jurado de expertos y un público igual de exigente, deben retirarse de los escenarios para siempre. Quedará entonces, en una orla de la memoria de aquellos iniciados, la experiencia encantatoria de haber sido testigos directos de una hazaña. Porque bailar malambo durante cinco minutos, que es el tiempo que se baile en Laborde y sólo en Laborde, como sólo en Le Mans los pilotos manejan durante 24 horas, como en las grandes pruebas de resistencia pero con el agregado de que el entrenamiento físico descomunal debe ir acompañado de una preparación artística igual de descomunal, no puede ser otra cosa que una hazaña. Y si esa hazaña es realizada invariablemente por chicos humildes, lumpen de las orillas y del interior profundo que empeñan sus vidas en pos de ese sueño, estamos hablando de una epopeya: de coraje, de épica, de dignidad, estamos hablando del espíritu trágico, de la sangre joven con que se ha venido regando esta tierra.

Por eso no es extraño que los aspirantes quieran emular, arriba y debajo de la pista, lo que para ellos es la actitud del gaucho. Para enfrentar con hidalguía esos cinco minutos del más intenso presente -presente puro y vertiginoso como el de un duelo a cuchillo entre gauchos- deben investirse de su mística. En esa suerte de apropiación espiritual, el aspirante a campeón de Laborde debe realizar una muy particular construcción de la figura del gaucho, crear un nuevo gaucho en realidad: gimnástico, honorable, abstemio -imaginario en definitiva-, muy distinto al gaucho que pintan los mismos libros que leen como fuente de inspiración. Tanto en el Martín Fierro como en Moreira, el gaucho está retratado mayoritariamente como un individuo borracho, asesino y pendenciero (quizá el Fierro de “La vuelta..” de alguna manera prefigura a ese gaucho idílico de Laborde). Pensaba que en este caso la “transfiguración”, esa mutación del gaucho dionisíaco al apolíneo, del marginal al paladín, está motivada por la misma naturaleza del malambo. El baile viene a sublimar la violencia irracional del duelo, del coraje por el coraje mismo como decía Borges, y a convertirla en otro ornamento del rito de cortejo que escenifica el malambo. Basta con tener la mirada del asesino, no se necesita serlo.

*Germán Maggiori es autor de Entre hombres.

La imagen del post pertenece a la tapa de “Una historia sencilla”, de Leila Guerriero (Anagrama).

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