Escritos propios

Reencuentro con Alice Munro

Alice Munro

Foto: Chad Hipolito / The Canadian Press

Por Fernando Fagnani

“Cansados de las verdades elogiamos de nuevo los jardines”

Nicolas Born

Tres o cuatro años atrás empecé a escuchar el nombre: Alice Munro. Los adjetivos que se usaban para compararla, el tono y un cierto aire de asombro en algunas reseñas parecían dirigirse directamente a mí. Sin embargo, evitaba leerla. Tenía la intuición vaga, que no dejaba que terminara de asentarse, de que en esa obra me esperaba algo y que todavía no era la hora. A veces una lectura está a merced de sospechas incomprensibles.

Hasta que una tarde, hastiado de resistirme, compré La vista desde Castle Rock. No son exactamente cuentos, sino relatos armados a partir de las historias de los ancestros escoceses de Munro. La contratapa subrayaba exageradamente ese desvío: instaba al lector a que creyera que no eran menos sino más que cuentos, una especia de encuentro fascinante entre memoria, ficción, historia y vida. Un sortilegio.

Pienso que era él

Por Fernando Fagnani

Foto: Olivier Roller

Foto: Olivier Roller

Pienso que era Patrick Modiano. No tengo la absoluta certeza, y la duda no me aflige. Ese hombre que estaba al lado mío, y que lo estuvo por más de una hora, es aquel que ha construido sus novelas en torno a la ambigüedad y la fuga de la verdad. No correspondía exponerlo a la pregunta: ¿es usted Patrick Modiano? Si lo hubiera hecho, y en caso de que lo fuera, es factible que se hubiera quedado impávido, pensando por un momento que verdaderamente no era Patrick Modiano. Al menos el que yo nombraba. En lugar de eso dejé que crecieran las conjeturas y las duplicidades, como una escena de sus novelas. Sin apagar la duda, aunque construyendo el verosímil necesario para concluir, ya en aquel momento, que lo era.

Alejandra y yo acabábamos de salir del Louvre, con ese desconsuelo que surge cuando se abandona un museo. Era el atardecer, y sabía que hasta que llegara la noche y se produjera una mutación real del entorno, íbamos a errar como fantasmas, sin encontrar el lugar adecuado. La mirada estaba en el limbo de los cuadros vistos, y uno quería que permaneciera allí; me indignaba la gula practicada con tantas cosas que no me interesaba mirar y que había mirado.