Lecturas

Unas palabras sobre “La entrega” de Dennis Lehane

Unas palabras sobre La Entrega

Por Sebastián Lidijover

Mientras escribo esta reseña un dolor de muela me late en la mandíbula. Un dolor puro, que está en algún lugar entre el mundo y mi conciencia del mundo. Un zumbido que va ocupándolo todo.
Si tuviera que resumirlo diría que en algún momento algo dañino, algo oscuro y silencioso comenzó a crecer dentro de mí hasta el punto en que el dolor se volvió una especie de toma de conciencia, de decir basta. Y que para cuando decidí ir al dentista ya fue tarde. La solución, a esta altura, será arrancar algo. La muela. El nervio. Como si al obrar movido por el dolor el resultado, la mayoría de las veces, fuera una carencia.

Si tuviera que resumir La entrega diría exactamente eso.

Unas palabras sobre “La pureza de las palabras” de Jenny Erpenbeck

JPEG_20141006_024746_383332487

Por Sebastián Lidijover

Los que no sabemos bailar vivimos la música con una intensidad que, para el resto, quizás pase desapercibida. No como algo que fluye, algo que hace del aire una masa con sustancia en la que uno es capaz de deslizarse. La música, para nosotros, es algo que queda atrapado en el cuerpo. Un pensamiento al que no podemos encontrarle las palabras para que salga, pero que está ahí. Vibrando.

Digo esto porque en La pureza de las palabras hay música. Una música que Erpenbeck construye con palabras y de las que quizás al principio uno no entienda el sentido, pero que pasadas las primeras tres o cuatro páginas ya no podemos dejar de leer. Dejar de escucharla.

Unas palabras sobre “Galveston” de Nic Pizzolatto

Unas palabras sobre Galveston

Por Sebastián Lidijover

Me gusta pensar en el género policial como un laberinto.
En el policial clásico tenemos un crimen, alguien que busca resolverlo y las mil vueltas que dará hasta lograrlo. Un caos de sospechas y traiciones en donde la única forma de salir es sujetarse a un hilo de Ariadna hecho de deducciones.
Leer un policial es avanzar hasta encontrar una salida.

Y después tenemos al policial negro. Donde ya no se trata tanto de salir del laberinto como de adentrarse. Sí, también habrá un crimen y los muros de la salida estarán construidos con la forma de su resolución, pero lo que se busca es otra cosa. Leer un policial negro es caminar hacia el centro del laberinto, un lugar oscuro en donde podemos encontrarnos con que el Minotauro que tanto perseguíamos éramos nosotros mismos.

Unas palabras sobre “El azul de las abejas” de Laura Alcoba

Unas palabras sobre Alcoba

Por Sebastián Lidijover

Tengo mi ejemplar de El azul de las abejas a un costado del teclado. Estuve releyéndolo antes de sentarme a escribir algo sobre la novela.
La protagonista, la narradora, es esta niña de La casa de los conejos que debe, finalmente, unirse en el exilio a su madre en París y dejar en La Plata a su padre preso por la dictadura.

Mientras leemos vemos el mundo desde la mirada de alguien de ocho años. Luego de nueve. Luego de diez. Un mundo en donde el idioma, la lengua francesa, es sonido, pero también es parte del cuerpo, es distancia, es un lugar al que llegar. En donde el español es el vínculo que la une con ese padre al que le escribe rigurosamente una carta por semana.
No entiendo cómo hizo para lograr que esa voz sea tan real, tan dulce, tan de una nena que descubre un nuevo mundo mientras descubre el exilio.

Unas palabras sobre “Nos vemos allá arriba” de Pierre Lemaitre

Unas palabras sobre Lemaitre

Por Sebastián Lidijover

Nos vemos allá arriba es una novela sobre la guerra.
Nos vemos allá arriba es una novela sobre lo absurdo de la guerra.
Nos vemos allá arriba es una novela sobre las consecuencias absurdas de la guerra.

Cualquiera de las tres frases es válida, pero prefiero empezar diciendo que Nos vemos allá arriba es una novela sobre Albert y Édouard.
Escribo sus nombres con cierta complicidad, como si solo se hubiera impreso un ejemplar del libro y ellos fueran efectivamente mis amigos. La idea de que esa amistad se multiplique en miles de lectores me da un poco de vértigo.
Un poco de celos también.
Hasta recién, hasta que me senté a escribir sobre el libro, la existencia de ellos era algo íntimo que me pertenecía y de la que, en cierta forma, yo era responsable. Sí, Lemaitre había escrito el libro; pero solo había hecho eso. En cambio, yo los leía.

Supongo que este razonamiento desproporcionado solo se da con los buenos libros.

Si pudiera, me gustaría presentárselos contándoles cosas que no suceden ni remotamente en la novela. Decirles que Albert es un excelente narrador de anécdotas y que cuando uno va a tomar algo a un bar con él es imposible que no sea el centro de todas las miradas; en vez de decir que pareciera que nunca ha dejado de temblar y de sentir esa opresión en el pecho, como si todavía estuviera en ese hoyo, asfixiándose, enterrado vivo. Y de Édouard me gustaría contarles la sonrisa que esboza cada vez que entra a su casa; en vez de contarles cómo miraba al cielo, luego de salvar a Albert, y del trozo de metralla que volaba a toda velocidad hacia su cara.

Pero todavía me falta un personaje. El más siniestro. El teniente Pradelle (no voy a llamarte d’Aulnay-Pradelle, si no Pradelle, así a secas, porque sé que te molesta, que te hace sentir menos aristócrata). Pensé en ni siquiera darle el gusto de nombrarlo. Pero la verdad es que la novela funciona gracias a él. Al odio que suscita. A lo asqueroso de su persona, aún siendo un seductor nato.

Nos vemos allá arriba es una novela sobre la guerra. Pero por sobre todas las cosas, es una novela sobre los que hacen la guerra.

 

Unas palabras sobre: “Abisinia” de Vlady Kociancich

Por Sebastián Lidijover

Algunos libros se leen como si fueran un mapa. Una historia que se despliega, en la que siempre sabemos donde estamos.
Otros, como si fueran una habitación en penumbras repleta de espejos. Abisinia es, decididamente, lo segundo.


Leer Abisinia es leer la locura, el arte y el amor en una misma voz que se fragmenta. Xavier Durand, artista consagrado nacido en 1845, narrará en una primera persona que se desdoblará al punto de negarse y contradecirse en una tercera persona. Durand discute con Durand. El Durand que nunca amó a Irene con el Durand que un buen día descubre que la ama.
Pero también Irene se desdoblará, en esta novela hecha de penumbras y espejos.