El escritor como fantasma

Por Luis Gusmán
autor de El frasquito

 

Paris 220

Dice Barthes que ya no hay un adolescente que viva este fantasma: ser escritor. Recuerda una pregunta anterior de su juventud. ¿De cuál de sus contemporáneos podría querer copiar, no la obra sino las prácticas, las posturas? La manera de fumar, de tomar café; la manera de pasearse por el mundo con una libreta de notas en el bolsillo y una frase en la cabeza. Es decir: ser su fantasma. Barthes lo veía a Gide deambulando por Rusia o por el Congo. Leyendo los clásicos y escribiendo sus carnets en el vagón-comedor de un tren. Finalmente, terminó viéndolo en 1939 en París en el fondo de la cervecería Lutétia, comiéndose una pera y leyendo un libro. Se encontró con Gide. Se encontró con el escritor sin su obra. Es legítimo aseverar que en esa cervecería se encontró con Gide por segunda vez.
La primera vez que fui a Europa en enero de 1979, mi amiga Rithe -que vivía en París y que frecuentaba el ambiente intelectual- me preguntó a quién quería conocer. La pregunta era tan tentadora como paralizante. La oferta incluía a Lacan y a Barthes. El primero me intimidaba y al segundo lo había leído con tanto entusiasmo que la alegría que me producía la posibilidad de conocerlo se imponía a la inhibición, el miedo y el pudor.
Mi amiga habló con él y fijaron una cita para unos días posteriores. No podía dormir. París había pasado a un segundo plano.
Pero unos días antes de la cita, Barthes, a través de mi amiga, se disculpó con la misma discreción de sus escritos. Con un murmullo. Susurros del lenguaje. No sé si Rithe me lo trasmitió así, pero así me lo imaginé. Barthes le contó que desde que su madre había muerto -el 25 de octubre de 1977- estaba muy apenado y casi no salía de su casa. Entonces, yo no sabía que por ese tiempo estaba escribiendo Diario de duelo que comenzó al día siguiente de esa muerte y que concluyó el 15 de septiembre de 1979.
Unos días después en aquel enero del 79, caminado por París me pareció cruzarme con Barthes. Habrían pasado apenas unos segundos cuando volví sobre mis pasos. Tuve que explicarle a la que era mi mujer entonces el motivo de mi acción, que resultó un poco extraña. Le conté a quién creía haber visto. Lo seguimos más de una cuadra. Por mi dominio del idioma, no hubiera podido hablarle sin que alguien oficiara de traductor.
Ante mi insistencia, ante mi urgencia de perderlo entre la gente, ella accedió a mi pedido. Nos adelantamos y finalmente le preguntó al señor parisino si era el señor Barthes.
Le respondió que no. Lo cual no sólo me decepcionó sino que me hizo sentir avergonzado.
Con mucha cortesía, el señor agregó: “Pero no es la primera vez que me confunden.”
Mi vergüenza se alivió. El señor siguió su camino. Entonces me di cuenta que era la segunda vez que me desencontraba con Roland Barthes.

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