Esa mujer

Por Rafael Bielsa*DSCN0572

Viernes 25 de abril en Neuquén. Afuera ya es de noche, un negro al agua que se seca. Adentro del salón que nos prestara la Asociación Mutual Universitaria del Comahue, acaba de terminar la presentación de la novela Tucho – La ‘Operación México’ o lo irrevocable de la pasión. Firmo ejemplares, pienso en que el libro hubiera podido llamarse “Lo irrevocable de la pasión” a secas, quizás hubiera debido llamarse “Tucho y María”, respondo a preguntas como migajas arrojadas a un parque, inquiero a nombre de quién debo escribir la dedicatoria. Un muchacho que oscila la treintena me dice que uno de los pivotes del libro es el final de la conferencia de prensa que Tucho dio en la casa de la calle Alabama, en México Capital, mediante la que denunció que los militares que mantenían secuestrada a su mujer embarazada, María, lo habían enviado a infiltrarse en la Conducción de Montoneros para asesinar a sus miembros. La conferencia de prensa del todo o nada, la de la nada casi segura. “En particular”, dice el muchacho, “cuando el personaje femenino se le acerca y luego dice a un compañero que le había parecido percibir que la muerte se sentía cómoda en el rostro de Tucho”. Lo miré. Pensé en muchas cosas antes de contestarle. Lo más importante siempre se piensa más rápido que lo que se dice, y lo que se dice luego no siempre es lo más importante. Pensé en los cinco años transcurridos escribiendo la novela. En lo que me había costado dejar de pensar como imaginaba que habría pensado Tucho. En la gente que, desde que la novela se había publicado, me decía que lo había conocido, que lo apodaban “el Chino”, que había compartido con él la pensión, los estudios de derecho, la pasión por la política. Pensé en cómo los hubiera necesitado antes, cuando estaba escribiendo, en que las cosas llegan cuando a ellas se les ocurre, siguiendo un orden que llamamos caprichoso sólo porque responde a otros designios y no a los nuestros. Si tuviésemos perspicacia, si fuésemos lo suficientemente pacientes… “Ah, sí, René Chávez”, le contesté al muchacho, que me miraba desde unos ojos consentidos por la ironía. Una diputada que lo había visitado en la prisión de Rawson antes del 25 de mayo de 1973, cuando todavía los pasos eran previos. “La busqué mucho a esa mujer”, dije, en mitad de un ramo de asistentes que esperaban su turno con el libro en ristre. “Me hubiera gustado preguntarle tantas cosas…, muchas cosas. Por ejemplo, cómo es la muerte a primera vista…”. El muchacho no arriaba la mirada, como si esperara que la observación mereciera mayor desarrollo. “Alguien me dijo que había estado en Panamá, otra persona que trabajaba en Guatemala, no sé quién que había pasado por Brasil rumbo a México, datos contradictorios, imprecisos, como empecinados en extraviarme. Llegué a creer que aquella frase, la anécdota que había contado un asistente a la módica conferencia de prensa de la noche del 18 de enero de 1978 por la noche, era un invento, esos ingredientes que van pasando de boca en boca para sazonar mejor una historia ya legendaria. Al círculo se sumaron dos personas más, una muchacha joven, veinteañera y una mujer con un hermoso rostro pétreo, con esa piel marcada por arrugas escasas pero hondas, las que deja el agua dura usada con jabón para lavar la ropa y fría durante toda una vida. Llevaba dos libros, y la joven uno. Sin esperar a que terminara con el treintañero, me pidió que dedicara uno de los ejemplares a una familia argentina de doble apellido que vivía en México. Por inercia, yo exhalé: “Al final, terminé por convencerme de que René Chávez nunca había existido, de que era un mito más del exilio. Ni siquiera en Internet había una referencia sobre ella”. Los ojos risueños me miraron por un segundo. “Yo soy René Chávez”, escuché que decía una voz. Era la de quien me extendía el libro. La soberbia cabeza, con el cabello corto y ondulado teñido de rubio casi albino, se dirigía derecho a mi estupefacción. “¿Vos sos René Chávez?”, balbuceé. “¿Aquí, en Neuquén?”. Era. Ni en Cuzco, ni en Manaos, ni en Tikal, ni en Guanajuato. En Neuquén. Era una diputada provincial recién electa cuando visitó a Tucho, todavía preso, en 1973. Él se acordaba de ella cuando lo volvió a ver en México, aquél miércoles de la conferencia de prensa; ella no. “Contáme, René”, le pedí, “¿qué viste en el rostro de Tucho, es verdad que la muerte estaba cómoda allí?”. Me miró, lo que es un decir. Se apoyó en mí para ver más allá. “Yo temblaba. Temblé toda la noche, desde que llegamos a la casa hasta que nos fuimos todos. Podía pasar cualquier cosa. Que Alabama volara por los aires. Que los milicos argentinos ametrallaran las ventanas. Que desde el aire se abatiera una calamidad, no sé, cualquier cosa. Yo no era una combatiente con sólida formación militar, era apenas una militante territorial, una referente social. Me parece que por entonces, lo que pasaba era que la muerte se sentía cómoda en el rostro de cualquiera de nosotros. Uno u otro, todos le dábamos igual”. Le firmé los libros, también el de la joven que había venido con ella. Nos despedimos como si aquel encuentro hubiera explicado titubeos que nunca habíamos individualizado. El muchacho de treinta años se había esfumado. Se me pasó por la cabeza preguntarle qué veía en mi rostro, mientras escrutaba el suyo. Pero ¿para qué? Nosotros, los de aquellos años inexorables, “ya no somos los mismos”.

* Autor de la novela Tucho

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