Geometría de una cara

Germán Maggiori escribe sobre Polígono Buenos Aires, de Marcos Herrera*

Presentación Herrera y Maggiori 039La herencia no es solo aquello que se recibe de los padres sino lo que uno hace con ese legado. Dos hermanos deben trasladar el cadáver del padre a la planta baja de un edificio por un ascensor, para hacerlo, deben colocar la camilla a la que está sujeto en posición vertical. En el trayecto escuchan el ronquido que hace el aire que había en los pulmones del muerto cuando pasa por las cuerdas vocales, es una voz desconcertante. “El cadáver de mi viejo… gruñe una verdad, como si fuera un himno absurdo dirigido a mí, una canción grave, que por ahora no entiendo”. Si la voz orienta al construir sentido, el quejido del muerto, en cambio, plantea lo contrario: la necesidad de una búsqueda de sentido, ese es el conflicto que guiará el derrotero de Claudio, alias, Mondo, el protagonista de la nueva novela de Marcos Herrera.

“La herencia no es solo aquello que se recibe de los padres

sino lo que uno hace con ese legado”

Hay una ficción del origen, una imagen formidable que es una clave para entender a Claudio: a los seis o siete años, el padre le regaló una máscara del hombre araña, pero no es una máscara cualquiera, es una que fue usada por el mismo padre para cometer un robo. Una máscara es también otro rostro para enfrentar al mundo, esta máscara entonces es la cara del padre en el hijo. Lo que recibe Claudio como herencia, y que prefigura lo que no recibe, es una voz falsa, el ronquido del muerto, y una cara falsa, la máscara de un superhéroe inmaduro y cínico. La novela de Herrera plantea este conflicto multiplicando las repeticiones y los dobles sentidos en donde la copia siempre supone una distorsión de los valores originales del evento. Complementario a ese juego hay otro que trabaja sobre el significado de las palabras, un juego con el que Claudio, en su aparente distracción cannábica, va construyendo sentido y que tiene su origen en el título de la novela, que alude por un lado al polígono de tiro donde el padre de Claudio aprendió a domesticar las armas, la violencia, y el otro polígono, su segunda acepción, que es la figura plana compuesta por una secuencia de segmentos consecutivos que cierran la región en el mapa que va delineando la circulación del personaje por los distintos puntos cardinales de la ciudad y los suburbios. Del noreste del Conurbano al centro de la ciudad, de allí al sur, luego al norte, pasando por el oeste y, finalmente, de nuevo a noreste, donde el círculo, cuadraturizado en el polígono, se cierra para delimitar el tortuoso aprendizaje del mundo violento que le tocó al protagonista.Armado Polígono Buenos Aires:Layout 1.qxd

La realidad en Polígono… es un parque de diversiones paranoico, violento y sórdido donde se desnudan sus pliegues. Nada es lo que parece, el mundo también es una máscara: una fachada, una tapadera. Así, los empleados del cementerio tienen arreglo con las casas funerarias haciendo un retorno de los féretros que no creman, en un criadero de perros se seleccionan los animales más agresivos para hacerlos pelear en un circuito clandestino, pintorescos inmigrantes de Europa oriental producen armas químicas en un sótano de Avellaneda, Mauro -el mejor amigo de Claudio- lleva una existencia normal de familia tipo mientras se enriquece traficando drogas de diseño, el psiquiatra que lo cura de su adicción a la cocaína ha participado del mayo francés pero como espía de Nixon! Es justamente por uno de estos personajes de doble moral, un proxeneta cocainómano y Niezcheano que conoce en un prostíbulo clandestino de Córdoba, que Claudio terminará anotándose en la carrera de Filosofía y para esos fines se cambia el peinado y la ropa. Nuevamente aparece el legado paterno, la máscara y la malversación, porque a Puán, Claudio va a aprender de su haraganería y a vender marihuana a sus compañeros.

“La realidad en Polígono… es un parque de diversiones paranoico, violento y sórdido donde se desnudan sus pliegues”.

 

La herencia entonces, parece algo de lo que no puede librarse. Claudio se encuentra atrapado en el presente, cualquier intento por construir una vida normal, como su concubinato con Carla Parvati, está destinado al fracaso por el mismo contexto de anormalidad y por las deudas que mantiene con el pasado que lo obligan, en medio de las idas y vueltas, entre domicilios provisorios y el luqueo de marihuana, a pasar -una y otra vez- por el cementerio de la Chacarita donde habita el fantasma sin tumba del padre. Claudio se empeña en recorrer la necrópolis tratando, como Díogenes de Sínope, de encontrar al hombre detrás de la máscara, “Un impostor que insiste para volverse real en un laberinto”, nos anuncia. El dilema que ilumina la novela, parece ser entonces, qué hacer con lo que no se ha recibido, con la herencia negada, cómo crear una tradición sobre un pasado ausente, o sobre un pasado que pesa como las alas negras de un murciélago. Claudio subsiste en las anécdotas mínimas de ese presente acotado. En ese deambular maquinal, en la construcción de rutinas instantáneas, como ir todas las tardes a jugar al Daytona, o encontrarse con los clientes en los mismo lugares, o alimentarse de minutas y cerveza, o ver pasar el sol en el techo de su pieza, siempre fumado, es donde encuentra un sucedáneo de tradición pero que no alcanza para pacificarlo. Esa insatisfacción crónica lo llevará a entender, hacia al final, que en su condición de huérfano debe aprender de la propia experiencia: “Me declaro, entonces, en este acto, alumno de mí mismo”, y a comprender que para cerrar ese polígono deberá destruir el presente como una forma de atajar el futuro. Quemarlo todo y renacer de las cenizas con un rostro nuevo.

Herrera, Maggiori y Fagnani

Herrera, Maggiori y Fagnani

Con sentencias ajustadas, quirúrgicas, que recuerdan al bueno de John Fante y un manejo impresionante de los detalles que permiten con una módica enumeración de objetos reconstruir todo un perfil social; con frases que reverberan en su estudiado recurrir y perfilan una cadencia, una música que ametralla al lector, puesta al servicio de una prosa madura que, como Burroughs, crea un universo que es simultáneamente real e imaginario, Herrera consigue alumbrar una de las mejores novelas de estos tiempos.

 

 

*Este texto lo escribió Germán Maggiori para presentar la novela de Marcos Herrera.

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