Pienso que era él

Por Fernando Fagnani

Foto: Olivier Roller

Foto: Olivier Roller

Pienso que era Patrick Modiano. No tengo la absoluta certeza, y la duda no me aflige. Ese hombre que estaba al lado mío, y que lo estuvo por más de una hora, es aquel que ha construido sus novelas en torno a la ambigüedad y la fuga de la verdad. No correspondía exponerlo a la pregunta: ¿es usted Patrick Modiano? Si lo hubiera hecho, y en caso de que lo fuera, es factible que se hubiera quedado impávido, pensando por un momento que verdaderamente no era Patrick Modiano. Al menos el que yo nombraba. En lugar de eso dejé que crecieran las conjeturas y las duplicidades, como una escena de sus novelas. Sin apagar la duda, aunque construyendo el verosímil necesario para concluir, ya en aquel momento, que lo era.

Alejandra y yo acabábamos de salir del Louvre, con ese desconsuelo que surge cuando se abandona un museo. Era el atardecer, y sabía que hasta que llegara la noche y se produjera una mutación real del entorno, íbamos a errar como fantasmas, sin encontrar el lugar adecuado. La mirada estaba en el limbo de los cuadros vistos, y uno quería que permaneciera allí; me indignaba la gula practicada con tantas cosas que no me interesaba mirar y que había mirado.

Cruzamos la Rue de Rivoli, y previsiblemente cada café nos pareció inadecuado. Por exceso o por defecto, porque la medida justa demandaba la luz y el silencio de una pintura holandesa. Así descartamos tres, por la supuesta razón de que no tenían mesas libres afuera. Entramos en el cuarto, que tenía mesas afuera. Pero nos sentamos adentro.

Y estaba muy bien. Es de suponer que mi recuerdo lo mejora. Nos sentamos al fondo, de espaldas a una ventana y de frente a la puerta de entrada, e imagino unas perspectivas y unos recovecos que claramente no existen. Supongo que tiene cuatro pares de columnas, que flanquean otros tantos salones abiertos, y eso daría una longitud de al menos cuarenta metros. Sin embargo, se que no eran más de veinte. Incluso imagino que hacía frío y que dudé en pedir sopa, cuando el tiempo era primaveral y sólo tenía sed.

Lo empecé a mistificar al poco tiempo de sentarme y mirar hacia mi derecha. Un señor de aspecto un tanto inquietante estaba en la mesa de al lado. Absorto, con la piel brillante, al estilo muñeco de cera, y la mirada fija en la barra. Donde el barman despachaba bebidas y café y el elenco de clientes se renovaba con rapidez, previa fugaz conversación. Alguien hierático, inmune al entorno, sobre todo a mi mirada insidiosa, que apenas se movía salvo para dibujar de manera maníaca en esas libretas de bolsillo, sin renglones, que los escritores usan para tomar notas.

Parecía no registrar en absoluto mi obsesión, y liberado me detuve en cada gesto. Como cada tanto volvía las páginas, para revisar vaya uno a saber qué, miré en detalle la libreta. Había algo que no calzaba: parecía la libreta de un loco, dibujada con lapicera y con fruición hasta los márgenes. Más propio de Beckett, que  dibujaba seguramente locos pajarracos, que de Modiano, de quien jamás hubiera imaginado esa actividad. Es cierto que menos aún lo hubiera imaginado escribiendo en un café, y seguro que jamás en un café así, a metros del Louvre, con un hartante tráfico humano, con glamour demodé. Tenía que corregir la perspectiva si quería mantener la tesis de que ese hombre era Patrick Modiano.

Estábamos al sur del territorio de sus novelas, el Distrito XVI. Lo suficientemente lejos como para hablar de dos mundos distintos. Además su espacio temporal es de mediados del siglo XX, y entonces la distancia es sideral. De hecho, ese bar es lo más opuesto que puede concebirse con los alrededores del Trocadero, o con el centro de operaciones donde transcurre En el café de la juventud perdida. No obstante, es cierto que sus ambientes públicos (no así las habitaciones de hotel o de pensión donde sus personajes acostumbran vivir) parecen entre paréntesis, concebidos en la vigilia y ejecutado el acabado final en las fronteras del sueño, con un ligero baño de irrealidad que hace sospechar e incomoda, sin por ello dejar de cautivar (o quizás justamente por ello).

¿No sería hermoso, pensé, que dibuje hoy acá y mañana en Le Marais, y luego donde el aire lo lleve, y que esos recortes, un rostro inerte, el paisaje cambiante de la barra, los continuos gestos involuntarios de un mozo, reviertan su dirección y como restos del futuro atraviesen el tiempo para convertirse en cristales que recuperan la memoria? ¿Qué es la melancolía, centro no incognito de la escritura de Modiano, sino la capacidad de captar fragmentos del presente, aflojarlos de su entorno y redimirlos en un callejón en subida, cerca del cementerio de Montparnasse, una noche cualquiera de los años sesenta? ¿No es esa operación, y no la del afanoso recuerdo, la que permite volver a vivir en la escritura el tiempo desaparecido, que solo regresa transfigurado, más lozano de lo que nunca fue, por un índice actual?

Lo pensaba y lo miraba, y recordaba fotos que había visto, entrevistas que había leído. Había algo en la piel tersa, en los ojos ávidos, tratando de captar eso que no llegará a formarse, muy de Modiano. Su perfil y su concentración tenían la fuerza del anonimato, de alguien que se sustrae para mirar sin que lo distraigan. Que no escribiera, que no hubiera una sola letra en las páginas que me permitió observar, tampoco era tan extraño. No es un escritor de grandes frases, de elocuencias inteligentes que llevan a la reflexión, que uno subraya. Es un escritor de estados, climas y ambientes, con personajes quebradizos, historias delineadas con firmeza y narradas con un punto de vaguedad, donde siempre recurren los enigmas de la identidad. El texto surge por decantación, parecen ser escenas largamente meditadas, construidas en la memoria, de la cual elimina la profundidad para demorarse en la superficie del acontecimiento.

Mi problema entonces, y de algún modo hoy, es que él era Patrick Modiano, con toda seguridad, mientras siguiera sentado ahí. Hasta el fin de la noche, hasta que cerraran y tuviera que volver caminando a su casa de madrugada. Tampoco estaba dispuesto a irme antes que él. Porque, también, era Patrick Modiano mientras yo dudara si lo era o no. Una de las tantas condenas de un escritor es que lo tomen por uno de sus personajes. Él estaba en esa situación.

Luego se levantó y se fue, sin darme tiempo a nada. Ya habría pagado, evidentemente, para gobernar la situación. Muy propio de él. No saludó a nadie, no era un habitué. Caminó como una exhalación, una exhalación lenta, un fantasma. Dominaba todas las técnicas de la discreción que permiten la fuga suave.

Todavía no había anochecido, y sin embargo la noche no alcanzaría. Eso podía disipar el Louvre, no este enigma tan curioso y al mismo tiempo tan frugal. Alejandra, que insistió largamente para que le preguntara si era o no era, no podía creerlo cuando se fue. “Ahora nos vamos a quedar con la duda”. Cierto. Igual creo que fue correcto. Pienso que era Patrick Modiano. Y si no lo era, veo difícil que alguna vez pueda desmentirlo.

  3 comments for “Pienso que era él

  1. maria
    11/08/2014 at 12:04

    me gustó la frase, “la medida justa demanda la luz y el silencio de una pintura holandesa”. Gracias.

  2. damian
    11/08/2014 at 13:37

    O Tal vez. como en el callejon de las bodegas, el estuvo pensando en preguntarte a vos , si sabias quien era , o lo habías visto antes caminando por ahí.

  3. alejandra
    11/08/2014 at 16:20

    bello recuerdo

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