Recuerdos de tumbas y Tom Sawyer

Por María Bjerg
Autora de El viaje de los niños y de Historias de la inmigración en la Argentina

Foto: Archivo ABC

Foto: Archivo ABC

Aunque seguramente otros libros habían pasado antes por mis manos, la primera lectura de la que guardo recuerdo es Las aventuras de Tom Sawyer. Lo leí durante unas vacaciones de verano, cuando tenía nueve años. En ese entonces vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires con mis padres y mi hermana. A menudo mi madre se lamentaba de que en el lugar no hubiera una librería y que la biblioteca popular estuviese tan desprovista de libros infantiles. Por eso, cuando viajábamos a Necochea, a ochenta kilómetros de Juan N. Fernández (como se llama el pueblo), uno de los lugares de visita obligada era la librería “El Arca”. Allí…

un adusto librero con aire intelectual le recomendaba a mi madre lecturas apropiadas para mi hermana y para mí. Seguramente, fue en una de esas visitas que me compraron Las aventuras de Tom Sawyer. Era un libro de tapas duras forradas con una tela gris a la que protegía una colorida cubierta desmontable con el dibujo de Tom y su amigo Huck Finn. En el interior había unas pocas ilustraciones. Una página por capítulo tenía una historieta en blanco y negro a modo de resumen del episodio central. Esos dibujos que interrumpían el texto me ayudaban a ponerles rostro a los personajes de la triste y aventurera vida de aquel muchachito huérfano del pueblo de St. Petersburg: la regañona tía Polly, Sid, el juicioso hermanastro, Becky, la hija del juez de la que Tom estaba enamorado, Joe Harper y Huck Finn, sus inseparables compañeros de aventuras.ldts10
Desde mi propio verano, a la hora de la siesta el libro me transportaba al verano de Tom en un apacible pueblito del río Misisipi donde era posible vivir aventuras colosales. Uno de los episodios centrales de la historia me atrapaba tanto que lo releía una y otra vez. Me regodeaba en el suspenso magistral con el Twain narró la noche en que Huck Finn invitó a Tom al cementerio para mostrarle un método para la cura de verrugas e incidentalmente ambos descubrieron al doctor Robinson robando un cadáver y se transformaron en involuntarios testigos de su asesinato a manos del indio Joe. En aquel mismo verano y en varios de los que siguieron a mi primera lectura, acompañé a mi abuela al cementerio de Juan N. Fernández. Y mientras ella depositaba diligente los ramos de flores sobre las tumbas de sus muertos, yo me demoraba recreando imaginariamente aquella escena de Tom Sawyer.

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