Reencuentro con Alice Munro

Alice Munro

Foto: Chad Hipolito / The Canadian Press

Por Fernando Fagnani

“Cansados de las verdades elogiamos de nuevo los jardines”

Nicolas Born

Tres o cuatro años atrás empecé a escuchar el nombre: Alice Munro. Los adjetivos que se usaban para compararla, el tono y un cierto aire de asombro en algunas reseñas parecían dirigirse directamente a mí. Sin embargo, evitaba leerla. Tenía la intuición vaga, que no dejaba que terminara de asentarse, de que en esa obra me esperaba algo y que todavía no era la hora. A veces una lectura está a merced de sospechas incomprensibles.

Hasta que una tarde, hastiado de resistirme, compré La vista desde Castle Rock. No son exactamente cuentos, sino relatos armados a partir de las historias de los ancestros escoceses de Munro. La contratapa subrayaba exageradamente ese desvío: instaba al lector a que creyera que no eran menos sino más que cuentos, una especia de encuentro fascinante entre memoria, ficción, historia y vida. Un sortilegio.

El prólogo es bello y arrebatador (y corrige retrospectivamente la tesis de la contratapa), y el primer relato desconcertante. Hay algunas imágenes de lluvias y cielos cubiertos muy hermosos, pero por dios lo que cuesta terminar cada párrafo. Lo dejé en la página 43, con una determinación caprichosa que me sorprendió. Como si esa prosa me hubiera agredido. Luego comprendería que la propia escritura de Munro ampara esas decisiones intempestivas. Por no decir que las promueve.

A los años se ganó el Nobel. Indiferencia absoluta: estaba claro que no valía la pena. Amigos y conocidos empezaron a leerla con mayor intensidad, pasando por la ventanilla ganadora del Premio. A nadie le gustaba del todo, y no obstante generaba una cierta perplejidad. La de una autora que no podía ser amada y tampoco rechazada. Una especie de sombra  incómoda que te perseguía. Empecé a pensar que me había equivocado.

Tres meses atrás, mientras esperaba que las horas pasaran lo más rápido posible, sucedió. Estaba de viaje, en un lugar donde no quería estar, por razones incómodas. Era casi el mediodía, y percibía lo neutra e insulsa que puede ser una ciudad cuando se está en el desasosiego.  Nada adquiere un contorno singular, cada detalle peculiar refleja aplastado la inercia que se supone lo peculiar destierra. Entré en una librería, buscando refugiarme en lo familiar. Las bibliotecas y los ejemplares que estaban en la mesa no eran los libros que no podría leer sino un orden muy apacible. Una superficie armónica y casi inteligente. Allí, donde nada se distinguía más que un instante, un instante sin impacto ni memoria, de repente dos libros de Alice Munro: Mi vida querida y Demasiada felicidad. Mi vida querida…., ¿a quien puede ocurrírsele poner un título tan insípido? Ni siquiera se podía pensar que fuera una elección premeditadamente trivial que dejaría paso, más tarde y lentamente, la genialidad encubierta por lo banal.

En el otro, Demasiada felicidad, había una paradoja tan rústica, tan poco elaborada, que me detuvo. Miré el índice: el segundo cuento se llamaba “Ficción”, y por alguna razón me pareció el colmo. Los demás títulos eran igual de elementales, como si los hubiera puesto en tres minutos, para sacarle el problema de encima. Ni minimalismo ni sofisticación; desnudez y una cierta torpeza, brusca y natural. Lo compré. Estaba en un momento en que hacer algo, comprar algo, era una promesa de cambio. Como si fuera una llave maestra.

Leí “Ficción”, y quedé deslumbrado.  Comprendí que iba a pasarme bastante tiempo leyéndola, rogué no perder ese estado que me permitía leerla. En el sentido de que no querer leer ninguna otra cosa. ¿Por qué?  Porque en Munro hay algo disruptivo y desesperadamente hostil que abraza o expulsa (y a veces las dos cosas al mismo tiempo). Hostil al curso inexorable de la vida, a la estupidez que preside tantos actos, a la incapacidad de aprender Los personajes no descubren las cosas cuando es demasiado tarde, simplemente no las descubren.

Esa hostilidad manifiesta libera de cierto compromiso. Reforzada por otros atributos: la dispersión, que acostumbra ser un dogma de sus personajes, y la ausencia total de autoritarismo y mandarinato, que es la relación que Munro establece con sus lectores. No exige obediencia, ni sumisión a sus textos. Esto permite, por ejemplo, no obligarse a leer los libros enteros, gran responsabilidad con los libros de cuentos. No son totalidades, no son planetas donde uno podría  mudarse, no hay vector que aliente la identificación. Hay, en cambio, algo más extraño y visceral que envuelve: un veneno que altera la percepción que tenemos de los otros. Las determinaciones, esas ideas firmes sobre cualquier cosa, entran en un cono de sombra, se vuelven interrogantes. Lo asertivo se debilita y lo unívoco retrocede. Es un reino en suspenso: no se sabe porque sucede esto y no aquello. Sin mayor énfasis, como una fatalidad heredada.

Después de Demasiada felicidad compré Mi vida querida. Ya había comprendido que titula con voluntario descuido, como diciendo: “El marco no es nada. Y la agudeza seductora menos”. Y luego Secreto a voces, que son cuentos encadenados, y demuestran que la cronología, entendida como la continuidad de una vida, es un virus para Munro (un virus para el que tardaría en encontrar el remedio). Un largo rodeo para desandar el camino y volver a La vista desde Castle Rock.

Consistía en saltarse el primer relato, un bosque rocoso e intransitable, barroso y sentimentalmente barroco, y tener algo de paciencia con la extensión del segundo. ¿Por qué los incluyó? En principio, por el rigor de la cronología: más profundamente, por capricho y terquedad, que es la distinción de los personajes de Alice Munro. No hablo de caprichos menores. A menudo llevan a la muerte, y en la mayoría de los casos a una desgracia o una tristeza que podrían haberse evitado. ¿Podrían haberse evitado? ¿Quién? No podrían haberse evitado. Caen en trampas propias y ajenas, ignoran el propio deseo, que yace de espaldas a lo que un día quisieron ser. Ese viejo anhelo vuelve sueños. Es una huella confusa, que se mezcla con otras, y cuya imprecisión irrita y los precipita. Vidas apabulladas y caídas. Dictaminar la pericia es fácil, pero lo cierto es que se vive en la impericia.

¿A qué nivel se produce el encuentro con un escritor? No creo que sea en las historias, que en todo caso promueven la identificación y al cabo impiden la verdadera lectura. Se da, primero, en la superficie: en la forma de concluir una escena; en una réplica callada; en una observación que revele el modo en que la vida se aprecia o se desprecia. Es como si el lector sintiera que en el momento que capta eso, ese detalle, un autor se revela y una obra se abre y se afirma. También siente, el lector, que el autor respira aliviado, porque alguien ha sido capaz de leer lo definitivo y capital de una pollera plisada o de un abrigo del ejército, que un personaje usa porque se lo prestó un vecino.

Sobre ese suelo, que es ya un suelo común, algunas frases toman una relevancia inusitada, como si el autor las hubiera dicho al oído, en la intimidad. Por ejemplo, en uno de los cuentos de Mi vida querida: “¿Quién es capaz de hacerle al poeta el comentario perfecto sobre su obra? Sin pasarse ni quedarse corto, simplemente lo justo.” ¿No será eso el remordimiento de Alice Munro, por cierta vez que no logró con alguien el comentario exacto, y no precisamente un poeta, sino un amor? ¿O el rencor hacia alguien de quien lo esperaba y no lo hizo con ella? Luego, en La vista desde Castle Rock, en el extraordinario relato sobre el padre, cuando habla de la humildad y el orgullo de su padre, y de golpe dice: “Lo sé”. ¿No muestra esa intervención abrupta que en realidad lo supo demasiado tarde, no es la exclamación de una culpa helada, de lo perdido por no haberlo entendido cuando el padre vivía? Y en el mismo libro, en el relato Ilinios: “Él dijo que había sido irremediable. Como tantas cosas en la vida, quiso dar a entender.”  ¿No es esa palabra, irremediable, la que podría resumir la obra entera de Alice Munro? ¿Y no es el “quiso dar a entender” la señal de todo lo que calla, de las elipsis de las vida que relata y de los sentimientos que se hunden y que no deben detallarse, sino mencionarse al pasar, porque evidencian lo “irremediable” y con eso basta?

Como decía respecto de Secretos a voces, la cronología es para Munro un tirano. Quizás por eso sus novelas no son tan efectivas, y por eso La vista desde Castle Rock mejora a medida que avanza. Y aún cuando tiene incontables grandes momentos, páginas memorables y tres relatos soberbios, no hay a lo largo del libro un dominio pleno del material. Que es su historia, más la de sus ancestros. Recién en los últimos cuatro y maravillosos relatos de Mi vida querida (que dice que no son cuentos porque son autobiográficos) alcanza la maestría de sus textos de ficción.

En La vista desde Castle Rock afirma varias veces que fue una adolescente protestona y terca, y esos le valió unas cuantas palizas de su padre. Tras tanto castigo sufrido, tras la humillación y las lágrimas, encontró el modo de volverse adorable y que la aceptaran como a una igual: cautivando a su familia con historias del colegio o del pueblo. ¿De qué modo las contaba? “Había llegado a dominar un estilo inexpresivo, e incluso recatado, con el que la gente se reía incluso cuando consideraba que no debía, y así costaba más saber si yo era inocente o maliciosa.” Ese es el estilo de sus cuentos, obviamente, y también de sus textos autobiográficos. La disyuntiva inocente o maliciosa corresponde a vida o ficción.

Ha recorrido un largo camino para lograr su propio reencuentro: con su vida. Ha escrito tanto, probablemente, para demorarlo; o para quedar desnuda y poder entonces escribir fragmentos de su vida; o porque la escritura de ficción le escribió el camino de vuelta hacia su vida pasada. Esa tensión nunca expresada tajantemente y siempre enunciada en el drama de sus personajes entre vida y ficción es el sentimiento que su obra irradia. Así conmueve y altera, con tantas vidas que se ahogan. No hay forma de mantener una relación pacífica con la ficción.

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