Tres por uno: Dick, Pynchon, Solari.

Por Marcos Herrera, autor de Polígono Buenos Aires.

dick

Hay algunos escritores que hacen saltar por los aires los decorados y las convenciones del género.

Philip Dick lo hizo con la ciencia ficción. Es un escritor que no descarta las posibilidades del panfleto como dispositivo de choque. Sus relatos son siempre críticos. Atacan la lógica del adormecimiento y la farsa del american way of life. El párrafo subrayado pertenece a una de sus mejores novelas: Una mirada a la oscuridad (1977):

En California no importaba a donde fueras; la misma hamburguesería MacDonald aparecía una y otra vez, como una cinta sin fin que daba vueltas a tu alrededor cuando pretendías ir a alguna parte. Y cuando al fin te daba hambre y entrabas en el MacDonald y comparabas una hamburguesa, era la misma que te habían vendido la última vez y la vez anterior y así sucesivamente, desde antes de que nacieras. Ya habían vendido la misma hamburguesa original cincuenta billones de veces. La vida en Anaheim, California, era en sí misma un anuncio publicitario, repetido interminablemente. Nada cambiaba; solo se extendía más y más como un pantano de neón.

Algún día, pensó, será obligatorio que todos vendamos la hamburguesa de MacDonald además de comprarla; nos la venderemos unos a otros para siempre desde nuestra sala de estar. De ese modo ni siquiera tendremos que salir.

Este mismo concepto está presente en Vineland (1990), de Thomas Pynchon.

La represión continuó, haciéndose cada vez más amplia, más profunda y menos visible, con independencia de los hombres en el poder.

Y, finalmente, en Dr. Saturno del Indio Solari, Momo Sampler (2000):

Están mis muertos tan tan lejos

            de la pantalla en que vos te mirás.

Este último subrayado es el que elegiría como epígrafe para un relato. Los gritos de la resistencia están presentes y denuncian la pantalla de esa represión invisible. La guerra está perdida pero todavía vivimos en las grietas del sistema o, como diría Zack de la Rocha, de la máquina.

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