Unas palabras sobre: “Abisinia” de Vlady Kociancich

Por Sebastián Lidijover

Algunos libros se leen como si fueran un mapa. Una historia que se despliega, en la que siempre sabemos donde estamos.
Otros, como si fueran una habitación en penumbras repleta de espejos. Abisinia es, decididamente, lo segundo.


Leer Abisinia es leer la locura, el arte y el amor en una misma voz que se fragmenta. Xavier Durand, artista consagrado nacido en 1845, narrará en una primera persona que se desdoblará al punto de negarse y contradecirse en una tercera persona. Durand discute con Durand. El Durand que nunca amó a Irene con el Durand que un buen día descubre que la ama.
Pero también Irene se desdoblará, en esta novela hecha de penumbras y espejos.

Contar el argumento sería poner el foco en algo que no refleja lo más importante de la novela. Sí, Durand es un artista en la Buenos Aires de finales del mil ochocientos. Sí, tiene un ego importante y sí, una de sus grandes preocupaciones es su obra y la posteridad. Y por supuesto… sí, Irene será la presencia que al sumarse cambiará todo.
Pero.. ¿cómo se narran los colores? Ahí es donde la pluma de Vlady Kociancich logra algo maravilloso: que los colores se lean. Sobre todo ese color, cercano al amarillo, que el protagonista bautiza con una palabra “dorada y espaciosa”: Abisinia.
Termino con un fragmento, que espero sea una invitación a leer la novela:

“Yo, que he sido y soy desmesuradamente vanidoso, me sé incapaz de prolongar mi vanidad más allá de la muerte. ¿Acaso hay enciclopedias que guarden el sabor del durazno maduro, el olor de una piel, el fresco de la lluvia en tu cara, los ojos y las voces que te han acompañado, todo lo que te ha hecho feliz y miserable desde el día de tu nacimiento?”

 

 

Abisinia

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